Hace ya un buen rato de esto.
Una molestia me obligaba a ir al dentista –sólo así voy, cuando no tengo más remedio, como dentro de poco tendré que hacerlo–. Le contaba yo a la chica que me atendía en aquel entonces sobre mi malestar, cuando paso la lengua por este lado, siento raro.
Es curioso cómo el lenguaje corporal es tan elocuente, a diferencia del verbal. Cuando tu dentista 1–mira el interior de tu boca, 2–te mira a los ojos, 3– mira otra vez dentro de tu boca, sabes que algo raro pasa.
–Sientes raro.
–Ajá.
Otra pausa. Y rara.
–Pues deberías estar en un alarido de dolor: tu muela se rompió y traes los nervios colgando.
El "umbral del dolor". No fue difícil deducir que se refiere al nivel individual de tolerancia.
He sentido dolores físicos intensos pocas veces en mi vida. Pocos pero particularmente intensos.
Recuerdo dos en particular.
A los 19, un viernes. Después de un gradual y enloquecedor dolor de alrededor de dieciséis horas, me extirparon el apéndice. Comenzó el malestar al mediodía como un híjole, ha de ser porque no he desayunado, y se convirtió en un grito de auxilio a mi hermana a media madrugada hasta que fui llevado de emergencia al hospital. En el inter, mientras el médico eliminaba posibilidades, el agudo dolor había volteado al revés mi mente, como un suéter. Recuerdo haber "pensado", este tipo no tiene la menor idea. Seguro ahorita está estornudando, tira los papeles a medio pasillo y mientras el estúpido se agacha a recogerlos, esos valiosos segundos podrían haberme salvado. Este dolor es insoportable. En diez segundos más, sin duda, estaré muerto. Pero pasaban esos eternos diez segundos y seguía vivo, inexplicablemente. No puede ser, volvía a "pensar", no sobrevivo estos diez. No podría. Así hasta que mi mente, entumida, continuaba resbalando por una mortal espiral descendente.
A la mañana siguiente, aún drogado por la anestesia pero ya sin apéndice, oía de lejos al médico felicitarme, no es cualquier cosa aguantar lo que aguantaste, hijo. El dolor que sufriste es lo más cercano al dolor de parto. ¿Quién diablos felicita a alguien por sufrir? ¿Acaso es un mérito por decisión propia? Feliz primer lugar, chavito-sin-casa – palmadita en el hombro. Y ¿cómo diablos sabe un hombre, médico o no, cómo duele un maldito parto? Aún con esfuerzo, pude articular bien esas preguntas.
El segundo no fue tan fuerte, claro. Es un segundo lejano lugar, pero sin duda tuvo lo suyo. Fue no mucho después – en el dentista, por supuesto. Sobra decir lo mucho que disfruto esas sesiones.
Una muela tenía que ser removida, estaba acostada, abajo y hasta atrás y había que serrucharla a la mitad primero. O sea, no me jodas. Pues ni hablar, chingo de anestesia. Una inyección, bueno dos y, a ver, tres ya. Pero no me hacía efecto y me di cuenta por qué. En lugar de estar recostado sobre el asiento y adoptar su forma de S, mi cuerpo era como una enorme regla apoyada en donde sea, absolutamente rígido – noté el espacio entre mi espalda y el respaldo–. Después de cuatro inútiles inyecciones de anestesia, el dentista –ya no era la misma chica de antes, lástima, ella me relajaba mejor evidentemente– me dijo, así ps cómo. Regresa en una semana, más relajado.
Más relajado. Seguro, iluso. Nada más apetecible que una nueva semana de nauseabunda anticipación para ver al dentista. Por supuesto, cuando el funesto día llegó, mis nervios se habían acumulado a los de la semana anterior.
Bueno, el final es fácil de imaginar. Cuando me preguntó a la cuarta inyección si ya estaba haciendo efecto la anestesia, en mi configuración visual aparecieron dos opciones: acumular una semana más o decir que sí. Y el fulanito dijo que sí.
Es increíble cómo, después de cierto nivel, el dolor se apodera de la mente, la distorsiona y tuerce su percepción. Y la vida es percepción. Desde un ángulo darwiniano, la selección natural ha establecido a nuestra percepción del dolor como la principal alerta vital, sobre lo que sea que nos haga sentir vulnerables al daño corporal, lo que amenace o haga peligrar nuestra vida. Por eso la tortura es tan efectiva – siempre haremos todo lo posible por evitar dolor intenso. La ciencia explica con razones directas cómo funcionamos, y el dolor es un sistema de alertas básico. En otros niveles, toca puntos importantes, erosiona – o esculpe, pero sin duda influye.
El umbral del dolor suena a película cincuentera lacrimógena mexicana, onda Marga López y Perro Infame y esas cosas. O podría ser, El Santo & Atreyu contra los Globos Aerostáticos en el Umbral del Dolor. Lo que sea. Aristóteles decía que el objetivo del sabio no era asegurar el placer sino evitar el dolor.
Merece su lugar, tiene un gran nivel.
He imaginado que todas las cosas que se pierden están en un sólo lugar. Un lugar enorme, como una central de camiones. Hay de todo, por supuesto. Desde encendedores –seguro yo sería el aportador del 90%– hasta vidas paralelas.
Perdí algo importante hace no mucho.
Dolió. Está bien asimilarlo, bien lo sé, aún doliendo lo considerable para haber sido algo importante. En mi propio rango – en mi propio umbral – aquí le doy su lugar.
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